Opinión: Nomofobia

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Por Jacques Sagot

Por supuesto, tenía que suceder. Una nueva psicopatología para enriquecer la ya variopinta galería de nuestras afecciones psíquicas. Se llama nomofobia: es el miedo irracional a salir de casa sin el teléfono móvil. El término, abreviatura de la expresión inglesa “no-mobile-phone- phobia”, fue acuñado por el instituto demoscópico YouGov, después de un estudio destinado a estimar la ansiedad que sufren los usuarios de teléfonos móviles. Se llevó a cabo en 2011 y reveló que el 53% de los portadores de estas mágicas cajitas son presas de incontrolable ansiedad cuando descubren no tener a mano el juguetito. Un quantum de ansiedad –óigase bien– comparable al que genera una mudanza, una boda o un accidente en la carretera.

Pero la nomofobia se extiende también a todos los otros cacharros que crean en nosotros la ilusión –porque no de otra cosa se trata– de estar en íntima comunicación con el mundo: la dependencia patológica de Internet, Chat, What´sApp, Facebook, Skype, Twitter, Instagram, LinkedIn, Google, Youtube, Bebee, Viadeotoda, Bayt, Xing… Toda suerte de cámaras y micrófonos. Es que estos adminículos ya han devenido parte de la anatomía humana: sin ellos nos sentimos mutilados. El inexpresable pavor al aislamiento, la soledad, la incapacidad para comunicarnos con quien queramos en el momento en que queramos. Un miedo cerval, de esos que vienen desde la raíz del alma. Sudores fríos, hiperventilación, mareos… Los celulares deberían ser vendidos, hoy en día, junto a estañones de Rivotril, Valium, Zopiclona, y toda una farmacopea de benzodiacepinas. El “síndrome de Robinson Crusoe”, del hombre perdido en una isla desierta. El pavor que el pobre náufrago ha de haber experimentado al descubrirse solo.

El teléfono celular, con sus lucecitas de burdel barato que se encienden y apagan desquiciantemente; sus teclas hechas para deditos minúsculos, manicurados, liliputienses; sus sonsonetes vulgares, sus chirridos, tonaditas, pitidos, que suelen, de preferencia, manifestarse en un concierto, en mitad del más noble y místico Adagio de una sinfonía de Beethoven. Esclavos de nuestras herramientas. Instrumentos de nuestros instrumentos. Todos estos medios nos venden una mentira: la ilusión de que no estamos solos.

¡Falso! ¡Nunca había estado el ser humano tan solo como lo está en nuestros días! Un islote existencial, un recluso en una celda de máxima seguridad, todos, en mayor o menor medida, náufragos.

La “separatidad existencial” de que hablaba Erich Fromm. En Amsterdam se ha hecho indispensable instalar en las aceras, al nivel del suelo, luces de semáforo, porque nadie alzaba la mirada al llegar a las esquinas, y sumidas sin remedio en sus micro-mundos cibernéticos, las personas se estaban haciendo aplastar por los vehículos (bicicletas, trenes o automóviles, que en esta urbe circulan a gran velocidad).

Completamente divorciados de la realidad circundante, estos autistas tecnológicos llegaban a las esquinas y seguían absortos su camino, sin fijarse en los semáforos. Era la mayor causa de muerte accidental en la ciudad. Así que no quedó más remedio que poner en el pavimento de las aceras tremendas luces rojas, verdes y amarillas, puesto que los transeúntes eran incapaces de ver en otra dirección si no era hacia abajo.

Aplastados como cucarachas, asidos frenéticamente a sus celulares, las manos crispadas sobre ellos, más allá de la muerte… Una comunidad enferma, mórbida, severamente perturbada y socialmente disfuncional.

Y el mal tiende a propagarse por el mundo entero, de manera pandémica. Llegará el momento en que en Costa Rica deban implementarse similares medidas a fin de evitar este tipo de percances. Ya los conductores que manejan mientras escrutan sus celulares constituyen legión, y son la razón principal de accidentes mortales que acontecen a ritmo consuetudinario. La ley no ha sido suficientemente rigurosa con estos asesinos potenciales. Cuando se está al volante la atención debe ser absolutamente puntual, exclusiva, focalizada únicamente en el acto de manejar. Un automóvil tiene más poder de devastación, de muerte, de destrucción masiva que casi cualquier arma que un individuo pueda llevar en el bolsillo.

La tecnología nos ha alejado, no nos ha acercado. Del pánico indecible que se apodera de los nomofóbicos que han olvidado sus celulares en casa se infieren dos cosas: primera: ¿cómo podría yo vivir sin el mundo? Segunda: ¿cómo podría el mundo vivir sin mí? ¡Soy tan pero tan importante que necesito ser consultado a cada instante, ser disponibilidad irrestricta a toda hora y en todo lugar, de lo contrario podría dislocarse la Vía Láctea! Nos hemos “importantizado”. El celular nos sustrae permanentemente a nuestra realidad circundante e inmediata, nos roba el aquí y el ahora, el hic et nunc, nos exilia de nuestro presente y del lugar que ocupamos a cada momento. No estoy satanizando la tecnología. La pobrecita no es ni buena ni mala (solo un ser dotado de discernimiento ético, de capacidad de sindéresis puede ser una cosa o la otra). La tecnología es éticamente neutra. ¿Lo que hagamos con ella? ¡Ah, ya esa es otra historia! Nomofobia… un grillete más, nueva cadena que nos colgamos del pescuezo… ¡cómo nos gusta, amigos, la esclavitud!

Pienso en el libro De la servidumbre voluntaria de La Boétie, el amigo íntimo de Montaigne, y más que nunca advierto su vigencia.

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