Pase adelante, amigo

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Por Jacques Sagot* 

Huésped incómodo, el dolor.  Nadie quiere tenerlo en su casa.  Sin embargo, el entrometido pensionista se autoinvita, llega a tocar a la puerta, se sienta a la mesa, de nos mete en la cama, y al despertar por la mañana lo descubrimos al lado nuestro, dispuesto a ofrecernos su odiosa compañía durante el día entero.  Una alimaña tentacular cebada en la sangre de nuestro ser, una nube de murciélagos que nos sigue por doquier, tres millones de alacranes enconados sobre la piel misma de nuestra alma.  El dolor es frío, viscoso, agrio –¡a ver, mis queridos amigos: denme más adjetivos para vilipendiarlo!– y como si esto fuera poco, desdentado, escamoso y padece de halitosis crónica.

El dolor es un artista consumado.  Escribe, pinta, esculpe nuestros cuerpos y corazones, nos convierte en texto reclamando la exégesis, en lienzo donde, como en los viejos palimpsestos, se van superponiendo las trazas de color, en madera lista para la gubia y el formón.  En el pedrusco virgen dormita la escultura –potencia pura, posibilidad latente de crecimiento–.

El dolor es agente de conciencia e hiperlucidez, es la dignidad misma del vivir.  Si el hombre no tuviese otro proyecto vital que el de asegurar el placer y evitar a toda costa el dolor, ¿en qué diferiría éticamente de un cerdo, de un molusco, del nene que le quita una y otra vez la nalga a la inyección?  ¿Y se imaginan ustedes las consecuencias de tal estrategia de vida?  ¡Todo aquel que nos prometiese placer o nos amenazase con el dolor podría manipularnos a su guisa, controlarnos a través de la gratificación o del castigo astutamente administrados!

Es tan aguda la gubia del dolor, son tan imborrables sus trazos, que a veces me pregunto si no es a través de él como se estructura y organiza la memoria.  ¿Lo olvidado, lo reprimido?  Tan solo un enorme réservoir del dolor, cuya clave de acceso hemos extraviado.  Y así vamos configurando nuestro propio calendario privado, nuestra historia personal jalonada por íntimas efemérides.  Aquellas que no figuran en el almanaque oficial, aquellas que nos permiten medir el tiempo desde los hitos privados del dolor: “hoy hace un año que murió”, “mañana cumple diez años de desaparecido”, “ayer hizo cinco años que nos separamos”, “ya voy para veinte años de divorciado”.  Hay minutos que son años, días que nos marcan como siglos.  En el dolor encontramos la más irrefutable corroboración empírica de la concepción bergsoniana del tiempo subjetivo, de la durée.  El dolor estira, dilata el tiempo: todo cuanto acontece bajo su égida se nos antoja moroso, pesado, como formas moviéndose bajo el agua o imágenes en cámara lenta.  Es un adagio lamentoso, ahí donde la felicidad es un allegro molto e vivace.

Y es por todas estas razones que un buen día le dije: “pactemos, viejo, y dejemos de sacarnos la lengua”.  Comencé entonces a usufructuar de él, a sacarle partido, a incorporarlo a mi arte.  Alquimista del dolor, me aboqué a la difícil faena de transmutar la ponzoña en oro, y ahí fueron saliendo cuentos, y metáforas, y melodías que eran como exorcismos, como lirios o nenúfares abriéndose hacia la luz, irguiéndose verticales en busca del sol, sobre el infecto miasma del pantano.  Desde mis sesenta y un años de vida puedo honestamente decir que no cambiaría este triunfo íntimo por nada en el mundo.

El dolor y yo hemos llegado a ser buenos y viejos amigos.  Han desaparecido los murciélagos de antaño.  Quedan ahora tan solo el verso y la música.  Bendigo hoy el momento en que aprendí a verbalizar el dolor y el miedo, el día en que logré encadenarlos a la palabra y convertirlos en materia prima de mi música y mi literatura.  Claro que de vez en cuando se abren todavía las esclusas del alma y se cuela a través de ellas uno que otro demonio… pero también eso es parte del vivir.

Hacer de la sistemática, obsesiva evitación del dolor el objeto mismo de la vida: ¡vaya forma de esclavitud y vaya manera de condenarse a sufrir y sufrir, además, de manera estéril, infecunda!  No es liberarme del dolor lo que busco: su cincel y su martillo son tremebundos, pero sacan formas inusitadas y hermosas de la piedra bruta.  Lo que busco es ser libre con respecto al dolor: cosa harto diferente.  Un hombre quiero ser, y no un tonto contento.  ¡Por ti, viejo amigo, escultor de almas y artífice de conciencias, alzo hoy mi copa y empuño una vez más la palabra!

*Jacques Sagot es un pianista, escritor, cuentista, columnista, y ex diplomático costarricense.  

 

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