Opinión: Libro-Vida

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Por Jacques Sagot

En el antiguo Egipto, las bibliotecas eran llamadas “tesoros de los remedios del alma”. Eran, así pues, bibliotecas – farmacias, donde a los libros se les atribuían virtudes medicinales. Es que, en efecto, el buen libro sana. La lectura es uno de nuestros mecanismos de auto-curación, auto-regeneración y auto-producción. Tal la planta que absorbe dióxido de carbono y devuelve oxígeno a la atmósfera, el lector sensible sana las llagas de su alma e, inevitablemente, limpia el mundo en torno suyo. En nuestro “ecosistema espiritual”, el libro es nuestra más preciada reserva de biosfera.

Como los seres inteligentes que son, los libros dialogan. Los hay que son locuaces, parlanchines, otros son más parcos, más económicos de palabras. Leer es, siempre, dialogar. Con un autor que quizás tenga mil años de muerto. Es cuestión de aguzar los oídos, y percibiremos su voz que nos responde desde el fondo de los siglos.

El libro es una victoria sobre el tiempo y el espacio. Su poder es tal, que convierte a uno y otro enmera ilusión. Mi vida está llena de amigos entrañables que vivieron hace siglos, en lugares distantes por doce mil kilómetros del rincón que ahora ocupo.

Es preciso aprender a transformar la lectura en diálogo: saber cederla la palabra al libro, y prestar oídos a su voz. A veces es tan sutil, tan distante, que requeriremos una especie de hiperestesia auditiva para escucharlo.

Son destrezas que se adquieren. La recompensa será inmensurable. Un libro no es una cosa, no es un artefacto, no es un utensilio. Sostener lo contrario sería como decir que un piano es un mueble, la Mona Lisa un emplasto de pigmentos pictóricos, o el David de Miguel Ángel una simpe configuración marmórea. Un libro es –cito aquí la definición del filósofo francés Emnanuel Lévinas– “un modo del ser”.

Alguien un poco más hiperbólico y logocéntrico que yo (¿existe tal espécimen?) diría, quizás, parafraseando a tantos pensadores del pasado, que el Ser es el Libro, así, con mayúsculas.

Nada hay en el mundo tan bello como un libro. Mi relación con estas criaturas es intelectual al tiempo que sensual. Las huelo, las contemplo, les acaricio del lomo. Algunos sostienen por ahí que la nueva tecnología hará pronto de ellas un mero vestigio arqueológico. Ya lo veremos. Tal cosa no parece plausible cuando, para aprender a manipular nuestros noveles fetiches cibernéticos, necesitamos una tonelada de manuales –es decir, una bibliografía– que no hace sino proclamar irónicamente la imprescindibilidad del libro.

Todo libro es, en esencia, un juego de ausencias y presencias. El libro perpetúa la voz del autor al tiempo que lo asesina: “la desaparición elocutoria del poeta” (Mallarmé), “la muerte del autor” (Foucault). El autor se evapora en su discurso, evanesce tras su obra. Toda palabra escrita es testamentaria, un sucedáneo de quien la profiriera, la traza de alguien que no está presente. Leer es siempre dialogar con un muerto o con un ausente. Si el lector sabe auscultar los intersticios del texto, su interlocutor “in absentia” le responderá. Dejo testimonio de ello porque lo he vivido. Es cuestión de leer… y luego escuchar en silencio.

Como bien lo sugiere Jacques Derrida, la palabra hablada (nuestra cultura esencialmente fonocéntrica) es presencia. La palabra escrita implica un mucho mayor coeficiente de ausencia. El lector establece con el escritor una conversación que es, al decir de Unamuno, un “monodiálogo”. Quien habla con un ausente, ¿habla solo? El “monodiálogo”, ¿es mero autismo, solipsismo engendrador de fantasmas? No lo creo. Los libros están habitados por voces inmanentes al texto, pero que al mismo tiempo lo trascienden, puesto que son capaces de encontrar el camino a casa –nuestros corazones– a través del tiempo y el espacio.

Si la arquitectura es música congelada, quizás el libro no sea otra cosa que pensamiento cristalizado. Pensamiento susceptible, eso sí, de devenir nuevamente fluido merced a la infinidad de interpretaciones que el texto suscita en sus lectores. Todo libro es inagotable, objeto de exégesis eterna, esfinge indescifrable que no termina nunca de librarnos su secreto.

El libro es un trasunto del Infinito. También la vida es libro, el más terrible y enigmático de todos. En primer lugar, porque no es posible vivirlo al tiempo que interpretarlo (para “leer” nuestra vida tenemos que ponerla momentáneamente entre paréntesis): “existo cuando no pienso” –decía Lacan–. En segundo lugar, porque no sabemos si la página que estamos a punto de retomar será precisamente la página de nuestra muerte (y cada una de ellas tiene la potencialidad de serlo). Finalmente, porque cualquiera que sea nuestra trayectoria vital, podemos estar seguros de que el libro de nuestra vida será un “opus” inconcluso, lleno de personajes a quienes no diremos adiós, de diálogos truncos, de sueños abortados, de besos no prodigados.

Nos escribimos a nosotros mismos. Somos autores y protagonistas de una novela que no decidimos libremente emprender, y que no podremos tampoco firmar. Pero entretanto hay que escribir la vida, vivir la escritura –“vécrire”, como dice Camus, fusionando ingeniosamente los verbos “vivre” y “écrire”. Y por encima de todo, aceptar que cada uno de nosotros no es más que una palabra (¿acaso un simple fonema?) en la infinita meta-narrativa de la Creación.

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