La ética del esfuerzo en el proceso de aprendizaje

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Por Jacques Sagot: pianista, escritor, cuentista, columnista ex diplomático costarricense. Galardonado con el Premio Nacional Joaquín García Monge.

“La educación lúdica”: es un lema de la moderna pedagogía. Bueno, pues resulta que yo no creo en ella. O creo en ella de manera apenas parcial.

El niño tiene que aprender un principio básico de la vida: antes de llegar al El dorado del disfrute, hay que atravesar la comarca del esfuerzo, y este no siempre es grato. El gozo viene después del esfuerzo. Ese enorme placer que nos produce tocar un instrumento supone aprender las notas y demás signos de la partitura, practicar escalas, arpegios, trinos, octavas, terceras, acordes, estudiar las Invenciones a Dos Voces de Bach para comprender qué es y cómo funciona el contrapunto, y las Sonatinas de Clementi a fin de depurar la técnica, la fluidez y limpieza del discurso musical (no solo son obras valiosas por su virtud pedagógica: ¡son música de primera línea!)

El niño –o cualquier persona que esté comprometida en la adquisición de un nuevo conocimiento o destreza– debe saber, comprender y aceptar que no se llega al gozo sin pagar el precio del esfuerzo.

Este no tiene que consistir en un árido, tedioso y rutinario suplicio: existen formas de hacer interesante esta fase del proceso de aprendizaje, pero en ningún caso va a ser propiamente “lúdica”.

Todo esto forma parte del aberrante proceso de puerilización universal en que el mundo se está hundiendo. Todos tenemos que ser como niños, vivir como niños, pensar como niños, reclamar nuestras golosinas como niños, no transigir en nuestros caprichos a la manera de los niños… La sociedad nos quiere eternos residentes de Pleasure Island, la isla donde Pinocho es llevado por un atorrante cualquiera, pese a las advertencias de Pepito Grillo.

Oigo aún y siempre la voz que acoge a los recién llegados a este falaz Valhala infantil: “Right here, boys! Right here! Get your cake, pie, dill pickles, and ice cream! Eat all you can! Be a glutton! Stuff yourselves! It´s all free, boys! It´s all free! Hurry, hurry, hurry, hurry!” ¿Es ahí dónde quieren ustedes pasar el resto de sus vidas? ¿Grotescos niños de cuarenta, sesenta, ochenta años?

Así que no creo en el moderno mandato según el cual “todo proceso de aprendizaje tiene que ser, por principio, por definición, por decreto universal, lúdico”. Esto es falso, es concesivo y es, sobre todo, peligroso.

Estamos creando toda una generación de puer aeternus, es decir, de niños eternos. Es una psicopatología muy bien estudiada y perfectamente diagnosticable en nuestros días.

Una cosa es ser childlike (como un niño), y otra ser childish (infantiloide, emocionalmente rezagado). Créanme: nadie en el mundo puede amar más el juego que yo. Siempre lo amé. Y lo sigo cultivando de mil maneras a mis sesenta y tres años de edad. No soy un ogro rigorista, representante obsoleto de un modelo pedagógico inflexible y dépassé. Pero mis padres me hicieron comprender, muy temprano en mi vida, que las cosas tienen su precio. Que existe esa noción que nos honra, y que se llama “esfuerzo”. Que para obtener lo que quiero necesito disciplina: ¡qué palabra crucial en todo proceso de aprendizaje! Sí, aprender a disfrutar también de la disciplina, no solo de los bienes que nos promete. La “educación lúdica” está transformando las aulas escolares en sucursales de Disneylandia.

Esto no puede ser, esto es un error garrafal, esto es engañar a nuestros niños, esto es mal prepararlos para la vida –esa que, por desgracia, no tiene nada de Disneylandia–. Allons, soyons sérieux!

Vivimos en una sociedad puerilizada y puerilizante. La comida es para niños, el cine es para niños, la moda es para niños, la medicina es para niños, la psicología es para niños, la literatura es para niños, la televisión es para niños, las redes sociales son para niños… Es una especie de dictadura etaria.

En el mundo también hay muchachos pre púberes, adolescentes, jóvenes adulos, adultos maduros, viejos, ancianos, gente por encima de la centena de años. ¿No merecen ellos un menú cultural tan vasto y variopinto como los niños? Tal parece que no.

Debemos todos involucionar, regresar hacia las fases tempranas de la infancia, tal vez gatear e incluso mamar biberón. Esto es grotesco y profundamente injusto. El resultado es que estamos fabricando un tipo de niño dictatorial, un tiranuelo que asume que todo en el mundo tiene por única función gratificarlo.

Estamos generando antisociales, egomaníacos, pequeños monstruos que exigen la permanente atención y los mimos del mundo. Muy bien les caería un poco de la moral, el rigor, la disciplina y la ascesis espartana del siglo V antes de Cristo. Sí: la educación debe tener su faceta gozosa. No predico un enfoque sádico y autoritarista de ella. Pero cualquier niño que sea formado sin asimilar la noción ética del esfuerzo, está condenado a sufrir amargamente a lo largo de su vida. Es preciso luchar por las cosas que se quieren, hacer sacrificios, enrolar lo mejor de nuestras potencias intelectuales y creativas, emplearnos a fondo. Repito: toda una ética se desprende de esta actitud. Saber tensar los músculos del alma, nuestra capacidad volitiva. Entender que la recompensa solo viene, por principio, a posteriori del esfuerzo.

No podemos pasar la vida entera dormitando en el artificial paraíso de una “escuelita de la niña Pochita”, donde basta con un par de berridos para que todo el mundo corra a nuestro rescate. Un poco de estoicisimo nos caería muy bien.

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