Opinión: La glamorización del criminal

0
614

Por Jacques Sagot

Fue una imagen para la eternidad.  Una foto mental que jamás lograré expulsar de mi conciencia.  Una de las cosas más degradantes, depravadas, desmoralizantes que he tenido que ver en mi vida. 

 Corría el año 1997.  Caminaba yo por la Avenida Central, cuando di de narices con aquel espectáculo obsceno, perturbador.  Estaba de pie.  Enjoyado, lleno de cadenas de oro, de anillos, de pulseras, de relucientes colgajos, los brazos tatuados, poderoso, el pecho salido como la proa de un bergantín.  Era Bam Bam, el criminal que fundó y dirigió una banda de ladrones especializados en el hurto, reventa y desmantelamiento de vehículos.  Los transeúntes que por ahí pasaban lo habían reconocido, y aguardaban –¡en fila, dóciles y pacientes!– para pedirle un autógrafo.  Y el pillo, entretanto, sonreía y se prodigaba en todas direcciones, cual una estrella de Hollywood reconocida en un sitio público.  Generoso, radiante, munificente, por poco majestuoso, no le negaba la sonrisa, el abrazo o el apretón de manos a ninguno de sus “admiradores”.  

Ahí mismo, en ese preciso instante supe que mi país estaba gravemente enfermo.  Un pueblo que aclama y reverencia a sus criminales es un pueblo espiritualmente roto, víctima del pernicioso espejismo de la fama, dispuesto a ovacionar y admirar a cualquier cretino que saliese por televisión o figurase en los periódicos.  Es un hecho que merece honda reflexión, un fenómeno que ya estudió Baudrillard, pero que aún no ha sido explorado en profundidad.  Todo aquello que se inscribe dentro del mágico, irradiante rectángulo de un aparato de televisión, se prestigia, asume un aura mágica, por poco sobrenatural.  Para el espectador promedio, el que zapea sin cesar y, somnolente y perezoso, está expuesto a todo tipo de sugestiones ideológicas, si alguien sale en la televisión, solo puede tratarse de un superhombre o una supermujer: es el sueño de la fama fácil e inmerecida, con sus miles de peligrosísimas promesas.  Son los valores que postula la farándula, ese mundo de mentirillas, esa enorme caverna platónica donde la gente vive de sombras, e ignora la realidad del mundo.  La humanidad estaría, así pues, dividida en dos especies distintas: los que nos movemos en el universo de la cotidianeidad, las criaturas peatonales, los simples transeúntes, los consumidores de espectáculo pasivos y acríticos (spectaculum consumptors); y luego los residentes del rectángulo mágico, límbico, bañado en un resplandor de ensueño, criaturas privilegiadas, seres superiores, hijos de la luz lunar del aparato de televisión, entes que viajan a través del espacio a lomos de ondas eléctricas, y que no habitarían esta dimensión de la realidad si no fuesen seres míticos, dotados de excepcionales virtudes.

Recientemente me topé a una persona que me reconoció mientras hacía fila en un hospital del país.  Y con los ojos desmesuradamente abiertos, con la más conmovedora ingenuidad, me preguntó: “Hola don Jacques, qué honor conocerlo, y dígame, ¿qué se siente salir por televisión?”  Ese es el grado de candor, de inocencia de muchísima gente.  Y de inmediato se establece una ecuación ética nefasta: algo que sale por televisión y tiene presencia mediática solo podría ser excelso.

Nuestros medios deben cubrir las noticias que tienen que ver con las fechorías de los delincuentes, pero sin promover involuntariamente una imagen farandulizada y glamorizada del pillo.  Es como andar sobre una cuerda floja: el país debe enterarse de los crímenes que hieren a la sociedad, pero sin exponer al criminal más de la cuenta, sin convertirlo en un héroe malgré lui

De lo contrario caeremos en el “síndrome de Bonnie and Clyde”: la mitificación, la glorificación, la heroización del delincuente.  Bonnie and Clyde fue una pareja de asaltantes de bancos que, allá durante los años de la Gran Depresión, perpetraron incontables atracos.  Con el inconveniente de que eran tan carismáticos, tan mediáticos, tan apuestos, que la gente los protegía, les daba asilo, los escondían en sus casas cuando las autoridades los perseguían.  Por fin cayeron en una emboscada y fueron acribillados a cientos de balazos dentro de su coche, el 23 de mayo de 1934.  Hollywood les consagró una película en 1967, con Warren Beatty y Faye Dunaway en los papeles protagónicos.

Ahí comienza a insinuarse el fenómeno de la glamorización del criminal.  Es ese momento de total ofuscación del espíritu crítico, en que la gente, la sociedad civil, se torna aliada del delincuente, reconoce en él un aura épica, aventurera, en cierto modo romántica (se inscriben en el espacio intersticial entre la realidad y la leyenda que los alemanes llaman Geschichte). 

Jhon Jairo Velásquez, alias “Popeye”, jefe de sicarios de Pablo Escobar, autor de 500 asesinatos por mano propia, y miles de miles mediante carros y camiones bomba, llegó a tener un canal en YouTube que veía 1 millón de colombianos, y a publicar diversos bestsellers: la gente aguardaba en larguísimas filas para obtener un ejemplar firmado por el rufián: ¡atroz, aberrante, monstruoso!

Por supuesto, siempre podemos remontarnos a la figura de Robin Hood, para mencionar el caso de un ladrón popular, pero su ética, como todos sabemos, era muy diferente.  La glamorización del criminal es un fenómeno específico del siglo XX y lo que llevamos del nuevo milenio.  Criminales entrañablemente queridos por el pueblo los ha habido por centenares, comenzando por Pablo Escobar, pero también algunas familias de la mafia italiana en el Chicago de los años cuarenta, y varias figuras folclóricas del crimen en Costa Rica.  ¡Cautela, precaución y sabiduría, queridos amigos!

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí