Por Jacques Sagot: pianista, escritor, cuentista, columnista ex diplomático costarricense. Galardonado con el Premio Nacional Joaquín García Monge.
A tal punto hemos llegado a invertir las nociones de realidad y ficción, que habiendo vendido todo cuanto se puede vender, el ser humano comienza a venderse a sí mismo: A vender su risa, su dolor, sus tragedias, las más íntimas de sus verdades, las más privadas de sus experiencias.
Hoy en día, un bebé en el útero de su madre, es ya una figura de pasarela: los padres postean la evolución del feto día con día y envían las fotos al planeta entero.
Aún no ha nacido, y la pobre criatura (cuyo sentir nadie consulta) es ya una vedette de Hollywood, una “celebrity”, una “figura pública”.
Hemos renunciado a la dimensión privada y más aún, al sanctasanctórum de nuestra intimidad.
Durante siglos asumimos que lo íntimo era sagrado: un espacio que nadie tenía derecho de allanar, de profanar, de espiar. Hoy en día queremos ser allanados, profanados, invadidos. Quien no existe en las redes sociales y en los espacios mediáticos simplemente no existe, punto. Ha quedado ontológicamente desustanciado.
Montaigne delimitó muy bien en sus Ensayos de 1580 la línea demarcatoria que separaba el espacio privado –y a fortiori, el íntimo– del espacio público. Nosotros creemos que los espacios privados e íntimos siempre han sido parte de la vida en sociedad. Nada podría ser más erróneo.
Ni durante la Antigüedad ni en la Edad Media existió la noción de espacio privado. Bajo la teocracia medieval, la iglesia podía irrumpir en la morada de cualquier persona a cualquier hora, confiscar sus bienes y echarla en un calabozo por el mero hecho de que un vecino la acusase de herejía.
Eso que conocemos como privacidad e intimidad son adquisiciones muy recientes en la historia del mundo: le costaron océanos de sangre a la humanidad. Y henos aquí ahora, nosotros, renunciando a ellas, y aquiescendo a que pongan cámaras en nuestro dormitorio, en nuestro baño, en nuestra sala, en nuestros clósets, en nuestras almohadas (el principio de los reality shows) … Queremos vendernos, poner en vitrina nuestro nuevo hábitat privado, ser vistos, reconocidos, señalados cuando caminamos por la calle.
Todo esto se inscribe dentro de una economía libidinal, una economía del deseo. Las chicas y chicos de la farándula se proponen a sí mismos como objetos de deseo, y es en ello que se asemejan alarmantemente a la mercancía.
El vínculo entre el comprador y la mercancía es tan poderoso, que hoy en día bien podríamos considerarlo erótico. Un individuo anhela su nuevo Lamborghini con un anhelo, una febrilidad, una vehemencia que alcanzan lo salaz, lo lúbrico y sexual.
Es decir, que en el fondo nos siguen manipulando a través del más expuesto de nuestros nervios, el más atávico de nuestros impulsos: el deseo y su expresión antonomástica: la sexualidad.
El deseo guía nuestros pasos, como un hechicero de largos dedos huesudos, nos mesmeriza, nos pliega a su voluntad: nosotros no somos más que marionetas, sonámbulos que, idiotizados por el deseo, caminamos por cornisas y tejados, bajo el riesgo permanente de quebrarnos la crisma.
El anarco-consumismo, ese que no procede de la necesidad, sino de la compulsión, del sortilegio mercadotécnico, el consumismo oclocrático, feroz, irracional, insaciable, nos tiene aferrados por el pescuezo. Juega con nuestra libido, nuestro deseo, atizándolo, enconándolo, haciendo de él una especie de amo al que obedecemos ciega y acríticamente.
El gran paradigma mítico de nuestra era es Don Juan. La pesadilla del deseo, herida eternamente reabierta y supurante, herida que ninguna pomada será capaz de aliviar. Vamos de deseo en deseo (de compra en compra), y tan pronto adquirimos el objeto deseado, sucumbimos al taedium vitae, al aburrimiento, al empalagamiento, y entonces resulta urgente inventarse un nuevo deseo, y aparejar las velas hacia él.
Nuestra vida oscila entre dos únicas realidades: la ansiedad del deseo –salivoso, primario, apremiante–, y el aburrimiento, la saciedad. Si no estamos en un lado del péndulo, estamos en el otro. La inflación, y la deflación de la concupiscencia condicionada. Tal era, exactamente, la dinámica sexual de Don Juan. La diferencia estriba en que, si Don Juan era el seductor, nosotros somos los seducidos, y el marketing –monstruoso, tentacular, conocedor profundo de la psique humana– encarna la figura de Don Juan.
Hemos de hacer saltar en mil pedazos este círculo demoníaco, y ser realmente libres. Hoy por hoy, no somos más que esclavos azotados por mil amos.
La mercancía se cotiza según la cantidad de deseo que movilice en los consumidores. Un bien altamente codiciado se cotizará altísimo (esto es, hasta el momento en que alcanza el punto de rendimiento decreciente marginal). Un bien poco apetecido no generará réditos significativos. El “valor – trabajo” de Marx ha sido sustituido por el “valor – deseo”.
Es por eso que, tan pronto una mercancía sale al mercado –promovida por todo el arsenal de esa “ciencia” y “arte” llamada publicidad– corre a saturarlo, alcanza su ápex, y luego declina, y perece por subducción bajo una nueva y novedosa mercancía. Tal es su ciclo de vida inescapable.
La sociedad juega con nuestras pulsiones sexuales. No es un mundo de hedonismo, como algunos sostienen. ¡Ojalá lo fuera! Es un mundo de perros hambrientos, los ojos exorbitados y los hocicos espumeantes ante el nuevo hueso que les es propuesto por el mercado.
La demanda está condicionada por la oferta. Primero urge generar el deseo, para luego abocarse a satisfacerlo plenamente. ¡No hay en esto ningún hedonismo, ningún disfrute –aun cuando frívolo y posesivo– de la vida! Solo hay dolor, neurosis, histeria, sed que pide a gritos ser saciada.







