Por Jacques Sagot: pianista, escritor, cuentista, columnista ex diplomático costarricense. Galardonado con el Premio Nacional Joaquín García Monge.
¿Qué nos enseña el quebranto de la salud? ¿Será tan solo una sórdida broma de la vida, de Satán la más excelsa creación, una guasa desprovista de propósito? ¿Un mecanismo de la tortura fraguado por Dios, el Sádico Absoluto?
Veamos qué lecciones podemos decantar de esa gran propedéutica del vivir que es la enfermedad.
I – La enfermedad mortal reestructura radicalmente nuestras prioridades vitales: desnuda todo cuanto en nuestra vida es superfluo, y hace emerger esas pocas cosas que son realmente importantes.
II – El dolor físico nos devuelve la conciencia lúcida del hic et nunc, nos sumerge en la plenitud del aquí y del ahora, ese del cual vivimos en permanente fuga, programados como estamos para exiliarnos constantemente en el pasado (la culpa o la añoranza), o en el futuro (la ansiedad por las vicisitudes venideras). En este punto, el dolor opera el mismo efecto que el éxtasis estético, erótico o místico.
III – Una forma de vida más plena, más alerta y verdadera despunta tras la última gradiente del dolor. Ninguna enfermedad será nunca un precio excesivo a pagar si gracias a ella hemos por fin de entender qué es la vida. El quebranto físico y la evidencia y aceptación de nuestra finitud son los más poderosos generadores de conciencia que jamás tendremos.
IV – La inminencia de la muerte suele arrancar de nuestros labios avaros esas palabras claves que nunca nos atrevimos a pronunciar, y que quizás nuestros seres queridos esperaron durante toda una vida: “perdón”, “te amo”, “gracias”, o simplemente: “entiendo”.
V – Es en la terrible fragua del dolor donde descubrimos la verdadera solidez de nuestro metal humano. La enfermedad es una extraordinaria herramienta de auto-conocimiento: nos revela esos insospechados filones de fortaleza moral que dormitan en el subsuelo de nuestro ser. Duro pero invaluable itinerario hacia el auto-conocimiento.
VI – Todo calvario diviniza, todo dolor nos acerca a lo Innombrable. Es sólo cuando el buque se hunde que la proa busca por fin el firmamento. Nada malo hay en caer (todos lo haremos tarde o temprano), con tal de que sea con la mirada fija en las estrellas.
VII – La enfermedad criba los afectos de que hemos sido objeto, separa el trigo limpio de la maleza, los desertores de los solidarios, el discurso de las palabras del discurso de los actos: en medio de la postración vemos decantarse en torno nuestro el amor hecho de acción y el amor “de mentirillas”, ese que consiste en meras gesticulaciones. No suscribo a la “sabiduría popular” (¡insipiencia popular, deberían llamarla!) “Filosofía” inferior, ideas recibidas y reproducidas a-críticamente, prejuicios, lugares comunes y frases de almanaque. El refrán “obras son amores y no buenas razones” revela, por ejemplo, un pragmatismo grosero y vulgar. Soy escritor: ¡por supuesto que creo en la razón-palabra, de lo contrario no la esgrimiría! Pero convengo: la palabra puede ser falaz. La acción no. Y es al lenguaje de la acción solidaria al que, desde la enfermedad, debemos prestar especial atención. Ese no miente. Está condenado a decir la verdad.
VIII – El dolor físico prueba que no somos únicamente (quizás ni siquiera fundamentalmente) nuestro cuerpo. Ese cuerpo enfermo nos atormenta y por último nos mata, y ello (¡óigase bien!) contra nuestra voluntad expresa de continuar en la vida. Es un asesino con el que compartimos el lecho todas las noches de nuestras vidas. Ergo, nuestro yo esencial no puede ni podría nunca ser nuestro cuerpo.
IX – La enfermedad es, en primerísimo lugar, una lección de humildad. Algunos hombres rotos, impotentes testigos de la ruina de su propio cuerpo, la aprenden. Esos son gigantes. Otros siguen ciegos y arrogantes hasta la muerte.
X – ¿Qué pueden hacer la razón y la ciencia por un hombre a quien le viene de ser descubierto un cáncer terminal, y el médico le pronostica tres meses de vida? Aparte de lo obvio (los tratamientos paliativos, comas inducidos y anestésicos de toda suerte) nada, absolutamente nada. ¿Creen ustedes que a este infeliz le interesará el hecho de que una partícula llamada neutrino sea capaz de viajar a mayor velocidad que la luz? ¿Que tal hecho socavaría los fundamentos de la física einsteniana? ¡Nada podría importarle menos! ¿Qué puede, entonces, convocar en su auxilio? La religión y la fe (si las tiene) serán invaluables aliadas. El arte, cuyo poder de sanación es, en muchos niveles (terapéutico, fisiológico como espiritual y ontológico) inmenso.
La experiencia estética (infinitamente más que el mero placer) puede venir en su socorro.
El amor de sus seres queridos, su proximidad, su confortación, su presencia activa serán un arma poderosísima. La filosofía lo ayudará sin duda a morir serenamente (por poco que no sea uno de esos cretinos que “no creen” en la filosofía). La poesía, la belleza, acaso la naturaleza, el descubrimiento de gozos sensoriales y espirituales inéditos, la reflexión… el arsenal es vasto: estamos todos menos inermes. Pero urge cobrar conciencia de que las armas están ahí, y proceder a utilizarlas.
Quiero hoy cantar a la vida, sí, y hacerlo con todo el fervor de mi alma de artista. Tengo amigos que hoy viven con inmensa dignidad su quebranto físico. Algunos empuñan su enfermedad como el gladiador la maza, otros la acunan y dialogan amorosamente con ella.
Han comprendido que también la enfermedad está al servicio de la conciencia: ¡la más pura forma del vivir! Aun la muerte les tiene respeto. Por ellos alzo hoy mi copa rebosante de vida.







