Por Jacques Sagot: pianista, escritor, cuentista, columnista ex diplomático costarricense. Galardonado con el Premio Nacional Joaquín García Monge.
Ya la gente no ve. Ahora “referencia”. Es una de las muchas genialidades lingüísticas que nos han legado los comentaristas deportivos. “El puntero izquierdo no referenció al centro delantero, que estaba mejor posicionado que él, e intentó sin éxito el remate a marco”.
Podemos hacer este manierismo verbal extensivo a todas las áreas de la cultura. “¿Referenciaste ya la última película de Martin Scorsese?” “No, fíjate que aún no la he referenciado”. “Referenciá a esa muchacha tan linda que viene caminando por la otra acera: es una verdadera diosa”. “La última vez que nos referenciamos no tuve la ocasión de mandarle saludos a tu familia, así que por favor envíales a todos un abrazo fraterno”. “El conductor del carro que iba a doblar hacia la izquierda no referenció el vehículo que lo estaba rayando, y esa fue la causa del choque”. Recuerden: para ser cool, ahora tienen que “referenciar”, no “ver”.
“El delantero recepcionó mal el balón, y este fue a perderse por la línea de fondo”. Otra gema de nuestros sapientísimos exégetas del fútbol. Así que los futbolistas ahora no reciben el balón: ¡lo “recepcionan”! De nuevo, podemos extrapolar la expresión a cualquier coyuntura social imaginable. “Hoy no puedo verte porque recepciono a unos amigos que vienen a cenar en casa”. “Sí, ya recepcioné el paquete de Amazon con el libro que había encomendado, muchas gracias”. “Después del concierto, recepcioné múltiples aplausos y vítores”.
La nefasta adicción a los archisílabos: convertir “recibir” en “recepcionar”. El sesquipedalismo o polisilabismo. ¡Cuánta pedantería y engolamiento!
“La Selección Nacional debe irse preparando para el recambio generacional”. Siguen nuestros grandes lingüistas improvisados enriqueciendo el idioma con archisílabos innecesarios.
Creen que con ello adoptan un tono más elegante, más sofisticado. Bueno, por fortuna la ignorancia viene acompañada de su propia anestesia. El ignorante no añora lo que ignora, precisamente por cuanto lo ignora (lo cual es, precisamente, lo propio de los ignorantes). Para hablar de “recambio”, señores, tendría que haberse producido ya, recientemente, un cambio. En ese caso tendría sentido hablar de un “recambio”. ¿Pero cómo puede alguien a hablar de “recambio” si se trata del primer cambio que se va a producir después de toda una generación que ha obsolescido? Eso es pura pedantería, una mezcla de polada con pachucada: es el idiolecto de los pachulos (híbridos a partes iguales de pachucos y polos).
He visto periodistas decir “aberracidad” en lugar de “aberración”; “espontanibilidad” en lugar de espontaneidad”; “paradisma” en lugar de “paradigma”; “bisiestro” en lugar de “bisiesto”, “misógeno” en lugar de “misógino”; y hablar de “autosuicidio”. ¿Es que hay acaso una manera de suicidarse que no sea “auto”? ¿Puede a uno “suicidarlo” alguien más?
“La mujer accidentada murió debido a heridas incompatibles con la vida”. Esta es, realmente, una de las joyas de mi Antología Universal de la Imbecilidad. Si fuese un objeto precioso, le asignaría un salón especial con varios cartelones explicativos. ¿De modo que hay “heridas incompatibles con la vida”? Infiero de ello que las hay que son perfectamente compatibles: una espinilla, un ataque de caspa, un rasguño superficial serían heridas “benévolas”, “filantrópicas” y “respetuosas de la vida”. Por el contrario, una fractura craneal sería una herida mala, mala, mala…
¿Se dan ustedes cuenta del esfuerzo mental que supone parir una perífrasis, una litotes como “herida incompatible con la vida”? Miren que hay que tener una gran creatividad lingüística para dar a luz a semejante engendro.
Es preciso retorcer la sintaxis, volver al revés y al derecho todas las metáforas y metonimias del mundo, agotar las posibilidades semánticas del lenguaje para fraguar tal bestialidad. Era tan simple como decir: “la mujer accidentada murió a causa de heridas mortales”. Pero tal parece que, a fin de evitar el menor asomo de muerte en el enunciado –como si esta fuese una obscenidad– el periodista ejecutó una inversión semántica, y concluyó que aquello que provoca la muerte solo puede ser “incompatible con la vida”.
Como si al elaborar una descripción física de un criminal para que un dibujante del OIJ elabore de él un “retrato hablado” dijésemos: “el asaltante carecía de folículos, raíces y bulbos pilosos en el cuero cabelludo”. ¡Para eso tenemos la palabra “calvo”!
Amén de esta especie de depravado preciosismo lingüístico, he oído errores monumentales en el ámbito histórico. Un popular presentador de noticias se dejó decir que el volcán Poás había entrado en erupción en 1956, y que este había sido uno de los eventos tectónicos más dramáticos del siglo XIX.
Es decir, que el periodista vio la fecha 1956 y concluyó que esta solo podría pertenecer al siglo 19 (los primeros dos dígitos así lo sugerirían, ¿no es cierto?). Para este pobre hombre hoy vivimos en el siglo XX, y no entraremos en el XXI hasta dentro de 74 años. Esto presupone un nivel de ignorancia que –ese sí– se cuenta entre los más grandes cataclismos de la historia moderna. El señor de marras tampoco sabe conjugar: dice “cuídesen” en lugar de “cuídense”, apúresen” en ligar de “apúrense”, duérmasen” en lugar de “duérmanse”… una verdadera masacre.
También he oído este aserto: “La masculina falleció instantáneamente”. “La masculina”, sí… Uno comienza por reír, pero luego la carcajada se congela en un rictus de dolor y preocupación.
Urge recordar que los periodistas son, a su particular manera, educadores. Para ser decente, el periodismo debe ser docente. De lo contario no hará sino sumarse a las avasalladoras fuerzas de la imbecilización colectiva que nos tienen postrados.







