Cima del dolor

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Por Jacques Sagot,

El duelo infinito.  Hasta hace algunas décadas, Costa Rica era virgen en este tipo específico de dolor.  Hoy está ya perfectamente inoculada con el atroz veneno.

Me refiero al tormento de los “desaparecidos”.  Concepto casi tan fantasmagórico e inexplicable como el de los “aparecidos”, los fantasmas que nos visitan desde arcanas latitudes del ser.  Trujillo, Somoza, Batista, Castro, Garrastazu Médici, Figueiredo, Duvalier, Stroessner, Banzer, Ortega, Pinochet, Videla, entre docenas de psicópatas empoderados, les infligieron a los pueblos latinoamericanos dosis masivas de este tormento, allá, en los funestos años que van, aproximadamente, de 1940 a 1990 y en algunos países siguen cometiendo alegremente sus crímenes de lesa humanidad.

Medio siglo peor que perdido para nuestra región.  Un aquelarre, un pandemónium, una verdadera Walpurgisnacht. “La noche oscura del alma” (San Juan de la Cruz), cubriendo, cual enorme sudario, la casi totalidad de Latinoamérica.  En vano concurrieron las madres a la Plaza de Mayo de Buenos Aires, a rasgarse las vestiduras y mesarse los cabellos.

Los “desaparecidos” fueron engullidos por la nada, cayeron en un agujero negro, evanescieron de la faz de la tierra como por arte del más perverso birlibirloque.

Costa Rica está siendo iniciada en este martirio. Nuestros muertos no constituyen asesinatos de Estado, pero igual desaparecen por ensalmo…  Allá, seis años más tarde, es reconocida una dentadura, una pulsera o una peculiaridad ósea que nos permite reconocer a la víctima.

Nuestros psicópatas no solo matan; se han hecho expertos en el arte de esconder los cuerpos.  Cuerpos muchas veces vejados, víctimas de violación y tortura antes de ser privadas de sus vidas.  Es así como el fenómeno de los “desaparecidos” es ya cosa que los costarricenses desayunamos, almorzamos y comemos.  Un fenómeno que comienza a trivializarse y banalizarse –lo peor que puede suceder con el dolor humano–.

Un hombre fusilado o encontrado muerto en una cámara de torturas recibe el mínimo tributo de un funeral.  No así los “desaparecidos”.  Esto es tremendo: significa que los niños, no habiendo visto o tocado el cadáver del padre, seguirán el resto de sus vidas alimentando la crudelísima fantasía del retorno paterno.  Cada vez que alguien toque a la puerta o timbre el teléfono, se dirán “¡podría ser papá!”, y sus ojos se iluminarán antes de apagarse una vez más en una depresión progresivamente abismal.

Otro tanto sucederá con la esposa, sus hermanos y amigos, en fin, todos sus seres queridos.  Esta fantasía “del retorno” no es privativa de los niños, también los adultos siguen padeciéndola, a menudo hasta el fin de sus días.

Claro que hay ritos para serenar el espíritu.  Familias de “desaparecidos” que optan por oficiar un funeral simbólico, con un ataúd vacío o lleno de las cosas más preciadas del difunto, a fin de auto-convencerse, mediante el poder del rito y de la ceremonia, de que los cuerpos de los seres queridos han sido encontrados, y pueden por fin dar inicio al proceso de duelo.  Tal es la impronta hondísima que el pensamiento mágico tiene sobre nuestras almas.

Lo más trágico de la madre o los hijos de un desaparecido es la imposibilidad de comenzar el proceso de duelo que eventualmente habría de restañar la sangrante herida que llevan en el corazón.  Si no pueden dar inicio a la elaboración del duelo, el dolor seguirá parasitándolos y corroyéndolos sin remedio, y toda cicatriz o sutura que logren practicar en sus almas estará siempre a punto de reabrirse.  Y la sangre manará con la misma torrencial fuerza del primer día, el dolor será redescubierto en toda su primigenia intensidad, y los infelices tendrán que resignarse ante la evidencia de que su proceso de sanación interna, de aceptación, de resignación (¡palabra bendita!) no ha progresado un milímetro en veinte o treinta años.

En el drama All my sons, de Arthur Miller (1946), asistimos al terrible conflicto de una mujer (Kate Keller) que espera aún y siempre el regreso de su hijo Larry, desaparecido durante la Segunda Guerra Mundial.  Al servir la mesa, pone una silla para él, su plato y su bebida.  Su sitio permanece, por supuesto, vacío.  Larry es como un fantasma, un ser presente-ausente, lo que Derrida llamaría un indécidable.  Llega incluso a indignarse con su otro hijo, Chris, por cortejar a la que alguna vez fue la novia del “desaparecido”.  La madre es inflexible.  La muchacha no puede reciprocar la pasión de Chris, por cuanto, hasta que no sea encontrado el cuerpo de Larry, ha de tenérsele por vivo.

¿Cómo desengañar a una madre que se aferra a ese jirón de esperanza cual náufrago que se cuelga de una barrica en mitad del océano?  ¿Quién puede tener el corazón y la capacidad de persuasión necesarios para hacerla despertar de su sueño?  El ser humano está equipado con las enzimas espirituales necesarias para digerir la noción de su propia finitud y la de sus seres queridos, pero necesita ver, palpar.  En particular los niños.

La idea de una persona que se evapora, que evanesce sin dejar traza alguna de ella es muy difícil de aceptar.  Es una tragedia de la que no hay recuperación posible.

Privar a una persona de elaborar su duelo profundo es el peor, el más cruel, el más despiadado, el más abyecto de los suplicios a que se puede someter a un ser humano.

¡Imaginen ustedes, negarle hasta el derecho de llorar, de llorar, sí, catárticamente, explosivamente, en tonalidad de Si bemol menor y tempo de marcha fúnebre!  No quisiera yo cargar sobre mis espaldas el lastre de semejante culpa.

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