Opinión: Nuestra Fortaleza

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Por Jacques Sagot

Nuestra educación y nuestra cultura florecen porque hemos sido capaces de inyectarles los recursos que, en otros países del mundo, van a perderse en ejércitos, armas, servicios de inteligencia y espionaje, el engranaje de la muerte que aun las naciones más pobres del planeta se creen en la necesidad en su caso, doblemente trágica de poner en acción.  El 1 de diciembre de 1948, uno de nuestros más preclaros presidentes tomó la decisión de abolir el ejército.  En lugar de armarse hasta los dientes, como tantos otros dictadores de su época, ratificó esta resolución en la constitución política de 1949.   

Los costarricenses de nuestra generación, los que crecimos durante la segunda mitad del siglo XX, jamás vimos un tanque de guerra, una ametralladora, un portaaviones, una ojiva nuclear…  El costarricense no conoce este tipo de cacharros: jamás se han paseado por nuestras calles, para nosotros, son emblemas de muerte y de barbarie.  No pueden siquiera circular por nuestro territorio, ni sus partes ser trasladadas sobre lugar ninguno de nuestro espacio aéreo, terrestre o marítimo.  

Conocemos la historia: una inmemorial genealogía de la guerra.  Ninguna guerra, jamás, solucionó realmente nada.  Cada guerra promete ser la última, la “guerra de las guerras”, “aquella que había de venir”.  Las guerras se imbrican unas en otras, en una siniestra sucesión, en un cortejo sin fin y sin propósito.  Cada guerra no hizo sino diferir, postergar, heredar a las generaciones futuras las heridas aún supurantes de quienes vivieron los anteriores traumas históricos.  Un ejemplo entre mil: las campañas napoleónicas en buena medida engendraron la Guerra Franco-prusiana de 1871, que a su vez engendró la Primera Guerra Mundial, que a su vez engendró la Segunda Guerra Mundial, que por su parte engendró la Guerra Fría…  Y así seguimos, en una especie de macabro génesis, cada generación tomando el relevo del odio, estallando cíclica e inexorablemente, con periodicidad alarmante y perfectamente predecible.  ¡Si la guerra hubiese sido la solución, ya no habría guerras!  ¡La existencia de la guerra aún y siempre, prueba justamente su inoperancia como solución, su fracaso como gestión, su ineficacia para resolver conflicto alguno!  Si la guerra fuese realmente una solución, no habríamos tenido, en la historia de la humanidad, otra cosa que el asesinato de Abel por Caín: ahí habría finalizado todo.  Jamás hubo guerra justa: esto es una aporía, una antinomia, una contradicción en los términos.

Así pues, optamos por la paz.  No digo “apostamos”, porque la historia no es un casino.  Elegimos libre y conscientemente un adverbio conlleva el otro la paz.  Nuestros presidentes han, invariablemente, fortalecido esta vocación en el sentido etimológico de la palabra: este llamado profundo, pero ellos no hicieron sino oficializar un clamor popular, el más hondo sentir de nuestro pueblo.  Los costarricenses nos hemos casado con la paz, y el nuestro es un vínculo absolutamente indisoluble.  A lo cual surge la pregunta inevitable: ¿cómo hacemos para defendernos, en el caso de agresiones?  Pues acudiendo a las instancias de derecho internacional.  Amparados a los organismos que el mundo ha creado para dirimir este tipo de conflictos.  Desde que el Tigris y el Éufrates “decidieron” inventar la civilización, nos tomó siete mil años crear la ONU.  Demasiado tiempo –¿no creen ustedes?– para por fin entender que no debemos darnos de mazazos unos a otros por la cabeza.  No será ciertamente Costa Rica quien haga retroceder a la humanidad al paleolítico superior.  No seremos nosotros quienes socaven una construcción que le ha tomado al mundo tantos milenios, tanto dolor, tanta sangre, tanta muerte.  No seremos nosotros quienes deshagamos una madeja hilada con miles de millones de vidas segadas.  Una vez más, y como siempre, renovamos nuestra fe en los organismos encargados de velar por la paz mundial y la convivencia armónica entre las naciones.

Costa Rica es la reafirmación de que todavía creemos en nosotros, de que compartimos metas comunes, de que más allá de las diferencias culturales o ideológicas, estamos unidos por un fondo común.  En la superficie del océano, la infinita mutación de las olas puede generarnos la impresión de que somos radical, irreductiblemente diferentes.  Pero si nos sumergiésemos a diez mil metros de profundidad, ahí donde ni el viento volandero ni mil otros agentes de fricción agitan las calmas aguas, descubriríamos quizás que una fraternidad profunda nos une, serena y amalgama.  Es ese fondo común en todos ustedes, el que hoy quiero interpelar.  

Debemos deponer nuestras diferencias, y darnos un abrazo fraterno, para sentirnos orgullosos de lo que somos, para honrar la memoria y celebrar la clarividencia de quienes crearon este islote de paz en medio de un mundo que vive bajo el terror, la paranoia, y donde, a menudo, la preocupación inmediata no es sacar un título universitario o fundar una familia, sino, simplemente, poder cruzar la calle sin que una bala nos robe la vida.  No estamos por encima de nadie, no debemos alimentar la menor pretensión de superioridad sobre nadie, pero sí tener plena conciencia de la grandeza de nuestro pueblo, y de las sabias decisiones que hemos sabido tomar en el pasado.  Gocemos nuestra paz, saboreémosla, vivámosla a plenitud: es una experiencia de la que nadie más, en este mundo ancho y ajeno, puede dejar mejor testimonio que nosotros.  

Que Dios bendiga este país y su compromiso como nación pacífica y, además es un punto de la mayor importancia convencida de su misión pacificadora en esa inmensa disonancia que es el mundo.

 

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