Opinión: La trivialización del dolor

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Por Jacques Sagot

Costa Rica está enferma.  Ha entrado en el juego.  El más siniestro y perverso que sea dable imaginar: la trivialización del dolor.  Hubo un día en el que un asesinato ameritaba una primera plana en todos los periódicos nacionales.  Hoy matan a tres, cuatro, cinco personas por día, y el hecho se ha tornado baladí.  Es un acontecer al que asistimos indiferentes, perfectamente nonchalants.  Con más de tres muertos al día, la violencia se convierte en mera estadística.  Se acepta con el mismo desafecto e indolencia con que aceptamos las incidencias climáticas del día.  Nos hemos desensibilizado al dolor humano.  La piel de nuestras almas se ha encallecido, se ha tornado impenetrable y cochambrosa.

La gente se sienta a ver los espacios noticiosos televisivos, y cuando no hay en ellos suficientes muertes, se declaran decepcionados: “¡vieras qué malas estuvieron las noticias hoy!”  Se comprende tal reacción.  La noticia ha sido espectacularizada, esto es, sometida a la retórica del cine y la literatura.  La música distintiva del espacio noticioso es percusiva, hiperdinámica, llena de fanfarrias, fuertemente ritmada, excitante, secretora de adrenalina: nos prepara para lo que debería de ser una película de acción, y en nada nos sorprendería que el día menos pensado el periodista saltase acrobáticamente sobre su silla con el disfraz de Spiderman o Batman para proceder a dar lectura a sus líneas.  Cuando se trata de reportar la noticia de un asesinato la información va acompañada de música de suspense o de película de terror, y toda la retórica cinematográfica del género es empleada: la cámara lenta, los planos, los ángulos de enfoque, la edición… asistimos a una “hollywoodización” y a una “cinematografización” de la noticia.  Con lo cual el periodismo se transforma en un texto cinematográfico al tiempo que literario y, por encima de todo, en un espectáculo.  La noción de espectáculo interpone distancia entre el espectador y la víctima cuya muerte la noticia reporta.  Todo pareciese ser producto de efectos especiales o de la manipulación digital de la imagen.  La noticia-espectáculo es un morbo, una aberración, el signo de una grave patología.  Igual, cuando se trata de una noticia grata la sección “un sueño navideño”, verbigracia-, las emociones del espectador son manipuladas con toda la retórica propia del cine -en cuenta alguna musiquita cursi y sensiblera para violín-.  Todo el aparato retórico del cine convocado para la cobertura de la noticia.

Así que el día llega en que vemos los asesinatos con la misma impasibilidad -o morbosidad- con que los veríamos en una película de acción de Stallone o Schwarzenegger.  Todo nos hace el efecto de un mundo “de mentirillas”, y de pronto nos vemos clamando por más sangre, más vísceras, más brutalidad.  La violencia, la muerte, el horror se han banalizado.  ¿Así que “vieras que malas estuvieron las noticias hoy”?  ¿Qué hubiéramos querido?  ¿Más choques sobre la vía férrea, más vendettas asociadas al narcotráfico, más degollinas, más psicópatas eviscerando a familias enteras, accidentes automovilísticos más espectaculares?  Y luego la violencia verbal de los políticos: no olvidemos esa: también es rentable y vende periódicos.  Padres de la Patria y magistrados que se comportan como miembros de “La Ultra” o “La Doce”.  Cada insulto vale por una bofetada, un pisotón, un escupitajo a la cara.

Nosotros, entretanto, plácidamente arrellanados en nuestro sofá favorito, disfrutamos del espectáculo, dejando a lo sumo de vez en cuando caer alguna convencional y automática exclamación: “¡Qué barbaridad!”, “¡Qué escándalo!”, “¡Qué horror!”  Pero no nos sentimos realmente escandalizados ni horrorizados: esas expresiones son meras formalidades.

Se nos está cayendo Costa Rica, cayendo, sí, a pedazos, y nosotros, entretanto, cloroformizados por el fútbol (que adoro, pero no cuando opera como narcótico social), durmiendo al arrullo de nuestra mitología patriótica, y seguros de que el excepcionalismo costarricense -el especial amor que la Providencia a todas luces nos tiene, nuestro destino excepcional- va como siempre a sacarnos del marasmo. 

¿Cómo recuperar nuestra capacidad de asombro e indignación ante el mal?  Lo que Ortega y Gasset dice de los individuos (“Una persona comienza a envejecer cuando pierde la capacidad de indignarse”) es cierto también de las comunidades, de las naciones.  Cualquier cosa que suceda cinco veces al día en un país terminará inevitablemente por convertirse en parte de ese velo de Maya que nos impide ver la realidad y que llamamos “lo consuetudinario”, lo “rutinario”.  En este momento estamos ciegos y sordos ante el dolor del país. Sin conciencia vivencial del sufrimiento del prójimo no hay posibilidad de identificación cordial (de cor: latín por corazón) y de solidaridad.  Hemos perdido nuestra empatía imaginativa (Bergson): el arte de transmigrar, así no fuese más que por algunos segundos, al cuerpo del que sufre, y ver el mundo desde su perspectiva.  Nos hemos hecho cínicos y crueles.  Debemos redescubrir y re-semantizar el concepto de la compasión budista, de la cáritas cristiana, de la misericordia de Spinoza.  Volver a constituirnos en un organismo viviente y unitario: el dolor de cualquiera de sus partes será también el nuestro.  Lo primero que se impone es despertar de la hipnosis en que estamos sumidos: en lugar de correr al auxilio del que sufre, nos hemos convertido en siniestros catadores del dolor: lo vemos en la televisión, en los periódicos, en las redes sociales, lo saboreamos por un momento y lo escupimos.  Obsesionados con los principios de Libertad e Igualdad hemos olvidado el principal de los tres, el que hace posible los otros dos: la Fraternidad.

 

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