Por Jacques Sagot
Vivir la democracia no consiste en poner una marquita al pie de la foto de una persona que, desde el fondo de una papeleta, nos sonríe paternal, amistosa, o mesiánicamente. “Voto, luego existo”: para el tico, el sufragio tiene un carácter sacro, ontológico, por poco fetichista. El sufragio es una mecánica, un dispositivo electoral. Valioso sin duda, pero que en modo alguno equivale a democracia.
Democracia es acceso universal a los bienes de la cultura. A la educación, la información, la belleza, el conocimiento y –en el mejor de los casos– la sabiduría. ¿El sufragio? No más que un ritual, una ceremonia colectiva. Sin educación, el sufragio es estéril. Peor aún: potencialmente peligroso. Poner un revólver cargado en manos de un niño. Un pueblo carente de elementos de juicio, de cultura política, votará contra sus propios intereses. Se pondrá en manos de sus verdugos. Le dará el poder a aquellos que lo fagocitarán. Rousseau fue enfático: el sufragio, desvinculado de la cultura, es un despropósito. Y Martí lo subrayó: “Ser cultos para ser libres”.
¿Cuántas veces, en la historia de los pueblos, un déspota espernible, un dictador sanguinario llegó al poder mediante la elección popular? ¿No prueba esto que las naciones yerran tanto como los individuos? A fin de cuentas, una colectividad es una suma de subjetividades: se equivocan tanto una como las otras.
Las democracias se enferman. Una de sus degeneraciones es la oclocracia: el totalitarismo del populacho. El populacho, amigos, amigas, no es lo mismo que el pueblo. La mayoría no es lo mismo que la masa. La colectividad no es lo mismo que la canalla. Es una distinción que Spinoza estableció claramente: la multitud por una parte, la muchedumbre por otra. En la multitud, el principio del pluralismo es perfectamente discernible. La muchedumbre es el pueblo incapaz de auto-gobernarse, el pueblo descerebrado, lobotomizado, prostituido, aborregado, ciego, iracundo, irracional… Un tsunami humano. El populismo –palabra que ha adquirido mala reputación en años recientes– no me preocupa. Me preocupa, en cambio, el populacherismo, cuenta habida de la anterior reflexión.
No votar por mera lealtad a viejas banderías familiares, observancia de una tradición ancestral.
No votar por un candidato en virtud de su apostura física: un galancete de telenovela venezolana o una “chica Bond”.
No votar desde el resentimiento, la bilis y el jugo pancreático. No votar con las vísceras. No ejercer el voto-vendetta.
No votar sin jamás examinar quiénes están detrás del candidato. Qué sectores sociales representa, cuáles intereses tendrá que servir, cuáles deudas cancelar. Ellos son su músculo financiero, ideológico, político.
No votar únicamente por la persona: Hitler era un hombre ejemplar: depurada sensibilidad artística, disciplinado, trabajador, tenaz, culto, fiel, jamás fumó o bebió, vida regida por una ética espartana. Churchill era borrachín, fumador, mujeriego y nunca se despertó antes del mediodía. ¿A quién hubieran preferido tener de presidente?
No votar únicamente por las ideas. La agenda política es una mera construcción conceptual. No tiene nombre, ni cara, ni color de voz. Las ideas no gobiernan: gobiernan las personas. Los seres humanos no son sus ideas. No son lo que piensan –no, por lo menos, únicamente–. Son mucho más que eso. A decir verdad, son justamente ese remanente humano que queda, allá en el fondo, cuando se ha quitado todo ese fárrago que llamamos “ideología”, “lineamiento partidista” o “credo religioso”.
No votar por el que “hable más bonito”. Elocuencia retórica no equivale a solidez o riqueza de pensamiento. La palabra no es la hermana gemela de la acción. A menudo están divorciadas. Hitler, Stalin y Mussolini se cuentan entre los mejores oradores de que el mundo guarda memoria.
No votar por una bandera, por un color, por una insignia. Ese espécimen que llamamos “partido político” está en vías de extinción. La gente busca más al ser humano detrás de los signos externos, que los lemas partidistas. La noción de “partido político” es una mera abstracción. La noción de “ser humano” es, por el contrario, concreta, palpable, sólida. Que no nos enajenen los emblemas, las divisas, los gritos guerreros. Busquemos, antes bien, los atributos del hombre o mujer que se propone a sí mismo como candidato a la presidencia. ¿Es íntegro, noble, inteligente, empático, misericordioso, decente, solidario? Tales son los valores que debemos de olfatear tras ese escudo que llamamos “figura pública”. Darle la adhesión a un candidato supone un arduo ejercicio de hermenéutica, de descodificación, de desciframiento psicológico. Hemos de aprender a “leer” a la gente, como si del más hermético texto se tratase. Y sí, como lo enseña Mateo: “sed astutos como serpientes, y mansos como palomas”.
Sean sagaces, y recuerden el axioma irrefutable: en política, todo el que paga para llegar, llega para cobrar. Tal es, justamente la definición de la corrupción: hacer de la política un negocio, una vía expeditiva y eficaz hacia el enriquecimiento.
No se dejen embelesar por las promesas. Esas fueron echas para no cumplirse: lo sabemos desde hace siglos. Desconfíe de quienes proponen cambios absolutos y radicales. Como decía irónicamente Lampedusa: “Es preciso que todo cambie… para que todo siga igual”.
Haga este experimento: ponga a su corazón a pensar, y a su cerebro a sentir. Vote con la totalidad de su ser, convocada por un acto que demandará sus facultades cognitivas, intuitivas, su sensibilidad, su capacidad para leer a la gente: todos somos textos: usted deberá hacer las veces de hermeneuta, de semiólogo, de descifrador de jeroglíficos. ¡Buena suerte!







