Por Jacques Sagot. pianista, escritor, cuentista, columnista ex diplomático costarricense. Galardonado con el Premio Nacional Joaquín García Monge.
Demos inicio a nuestro lento descenso en las legamosas profundidades de la ignorancia y la incultura, lo que los antiguos pensadores griegos llamaban “agnoia”.
Abordaremos un batiscafo construido con los más sólidos materiales disponibles, pues la presión de semejante océano de disparates nos aplastaría en nanosegundos, tal es el fangoso espesor y la masiva presión del oscurantismo lingüístico.
Laura Fernández anuncia grandilocuentemente que “está invertiendo” en Puerto Limón. Sí: “invertiendo”, en lugar de “invirtiendo”. Días después declara, con ese tono martilladito que según ella representa autoridad, que “ningún ministro puede arrojarse la potestad de tomar una decisión de esa importancia”. Así que “arrojarse” en lugar de “arrogarse” (esto es, asumir, atribuirse, autoasignarse una función cualquiera). Pero sucede que el verbo “arrojarse” se usa cuando alguien alude a “arrojar piedras”, “arrojarse desde un puente”, o “arrojarse” como sinónimo de vomitarse. También desplaza la “N” en conjugaciones como “apúresen”, concéntresen”, siéntesen”.
Todos esos discursos que lee son confeccionados por escribidores a sueldo, ghost writers (“escritores fantasmas”). ¡Qué cosa tan triste, tan indigna, tan arrastrada, tener que escribir discursetes para que otros los firmen y pronuncien con tono trepidante! De hecho, Fernández tampoco sabe leer: deletrea y silabea, pero en sobre ese nivel del idioma llamado “elementos suprasegmentales del lenguaje” (dicción, puntuación, énfasis, pausas, acelerar, lentificar, modulación de los fortísimos a los pianísimos, gestualidad), ella no sabe nada de nada, sobre nada de nada. Su alocución parece algo sacado de Paso del Chancho de Chirraca de las Torrejas… sin el encantador folclorismo y autenticidad de los pobladores de este barrio. Así que la señora no sabe leer, y tampoco sabe escribir. Tan pronto se ataranta un poquito, comienza a espetar sandeces a ritmo “prestissimo possibile”.
Ni más ni menos que el ministro de educación, José Leonardo Sánchez, afirma, altisonante: “hemos rompido las metas que nos habíamos trazado para este año”. “Rompido”, sí: esas ocurrencias les sonaban bonitas a Magón, Aquileo y Carlos Salazar Herrera, no a este tipo de tecnócratas sembrados en posiciones de poder.
Seguimos nuestro descenso, y llegamos ahora al Primer Poder de la República, al cenáculo de los Padres y Madres de la Patria. Y es precisamente el jefe de fracción del PLN, Álvaro Ramírez, quien nos obsequia este dije, en mitad del plenario y ante todos los micrófonos del país: “Alguna gente cree que en el PLN solo hay corruptos, pero eso es falso: habemos mucha gente honrada y capaz”.
“Habemos”… tan deplorable como el “haiga” y el “hubieron” pero, en este caso, carente del encanto propio del habla vernácula campesina.
Seguimos en el magno recinto de los diputados y diputadas de la patria. Gilbert Jiménez, del PLN, alentando veleidades presidenciales, pide un minuto de silencio para honrar la memoria de los “turquesos” muertos en el terremoto de Turquía de 1923.
Este insólito gentilicio le valió el apodo de “El Turqueso”, y él, como si se tratara de una gracia, de un fogonazo de ingenio enceguecedor, integró el mote a su campaña: “¡Vote por el Turqueso!” No ganó, pero igual podría ganar mañana.
El presentador de noticias de Alerta 8, Gustavo Retana, repite hasta la horadación de nuestros tímpanos la expresión año “bisiestro” (en lugar de “bisiesto”) y “persona misógena” (en lugar de “misógina”). Luego, al hablar de la erupción del Poás en 1956, señala que se trató de una de las más severas actividades volcánicas del siglo XIX (vio los dígitos 1 y 9, y concluyó que aquello solo podía indicar el siglo diecinueve. Esto significa que el señor de marras vive actualmente en el siglo XX).
Pero Noticias Repretel no se queda atrás, y su periodista Sheyla Paniagua nos informa que la víctima “fue enterrada bajo tierra”… Un pleonasmo como el Aconcagua.
En Teletica Deportes, Rolando Fonseca nos ilustra con cantaradas de palabras surgidas de su inextinguible numen poético: “aberracidad” (en lugar de “aberración”), “ineconstancia” (en lugar de “inconstancia”), “espontanibilidad” (en lugar de “espontaneidad”), “mescolancia” (en lugar de “mescolanza”), y otras lindezas de esta laya.
Seamos razonables: absurdo sería esperar que un futbolista se exprese como Ortega y Gasset, pero hay un límite para la magnitud del maltrato que se le puede infligir a un idioma. ¡Teletica Deportes tiene un jefe, un director: se llama Jorge Martínez, y su responsabilidad es velar para que en su programa se observe un mínimo de corrección lingüística!
¿Qué hace el señor en cuestión mientras sus comentaristas masacran, evisceran, trepanan, destripan el idioma? ¿Será que considera muy graciosas, muy ingeniosas, las chillonas disonancias de Fonseca? Y en última instancia, ¿no tiene Martínez un superior jerárquico que lo llame al orden?
Presidente, diputados, ministros, periodistas, locutores deportivos… todos ensañados en un lingüicidio de dimensión apocalíptica, todos violando y estuprando al idioma. Lo dijo Confucio: “La corrupción de los pueblos comienza con la corrupción de su idioma”.
Recuerden, señores y señoras: ustedes representan la autoridad. Todo presidente, diputado, ministro, periodista o locutor es, lo quiera o no, lo sepa o no, lo acepte o no, un educador. ¡Un educador: sí!
Una figura modélica que se propone para la emulación de miles de personas. El periodismo, para ser decente, debe comenzar por ser docente. Hay un sentimiento que harían bien en recuperar: la vergüenza, el sonrojo, el bochorno.
Vuelvan al Paco y Lola, amigos y amigas: “Mi mamá me mima”… Deletréenlo despacito y cópienlo con buena letrita. Después hablamos.







